No recuerdo la primera vez que conocí a Don Venustiano Contreras pero debió de haber sido hace unos 30 años cuando yo tenía seis o siete u ocho. Lo que sí recuerdo es la última, que fue hace dos semanas. Estaba flaco, arrugado de cierta porción de su piel pero otra aún se veía como en aquel tiempo, mestiza, joven y salvaje. Había trabajado de guardia de seguridad nocturno en la presa Morelos y lo corrieron por borracho. A pesar de esto yo lo consideraba un héroe pues un día lo vi salvar a dos pobres niños que se ahogaban, aunque a fin de cuentas era culpa de ellos pues nadie debería de meterse a nadar allí. Hoy en día es imposible. No por que el agua esté sucia, al contrario, está muy bien, sino porque ya no se ven niños jugando afuera. Lo vi brincarse el cerco: aventó un tapete de carro oficial a los alambres de púas y se trepó como orangután (cualquier comediante callejero norteño (me refiero aquí a los cajeros de abarrotes, pintores, carpinteros y albañiles) lo hubieran comparado con uno en su actividad diaria), y se trató de quitar la camisa para meterse al agua pero no alcanzó y se aventó con media camisa, quiero decir con un brazo adentro de una manga y el otro desnudo.
Los niños sobrevivieron y sus madres lloraron de felicidad. Hubo una fiesta y mataron a un chivo. Don Venus salió en La Voz de la Frontera, aunque no en primera plana. Para mi ese era un acto de heroísmo perpetuo, aun más que cuando el obispo daba la misa en la escuela (a este las monjas lo trataban como al mismísimo Dios). Don Venus nos contaba historias a mí y a mi hermano. Un día nos contó que fue a Hong Kong y que había conocido a muchas mujeres. Los demás adultos se soltaban riendo y mi hermano y yo no entendíamos el chiste pero también nos reíamos, hasta pensábamos que Hong Kong era un lugar de comedia pura, como el norte de México, ahora entiendo a qué lugar se refería pues también he estado allí.
Don Venus, siempre con su medio cigarro churido entre el medio y el anular (no he vuelto a ver a alguien que los sostenga así, mucho menos con lo del cigarro electrónico), nos contaba sobre épocas antiguas. Antiguas en el aspecto de que todo era menos rápido y las cosas se disfrutaban más. Yo ahora no creo mucho en esto. Creo que todos los que aprecian más los viejos tiempos simplemente aprecian su juventud más que su vejez pues a esos mismos viejos otros viejos les decían lo mismo cuando ellos eran jóvenes y así sucesivamente hasta el tiempo de los Sumerios. Pero Don Venus nos interpretaba una obra de calidad de Broadway al contarnos sus cosas brincaba y pataleaba y sonreía y enseñaba su diente de oro en el que se reflejaba el sol y levantaba sus brazos largos al contarnos como se peleaba con los que le trataban de envenenar a las vacas o los que se iban sin pagar de las fondas que obligaron a las dueñas a contratar a jóvenes prospectos a futbolistas y boxeadores como meseros para poder corretearlos. Don Venus fue uno de estos, pudo haber sido contrincante honorable del Manos de Piedra.
Tiempo después, cuando dejamos de ir tan frecuentemente a Algodones, le preguntábamos a mi padre por él, y nos decía que no estaba muy bien. Mi padre, que era el ingeniero encargado de la presa, no entendía por que nos gustaba escuchar a este simple empleado borracho contar historias, aunque no le molestaba tampoco, el también sentía simpatía por él y por una parte entendía que somos de la generación a la que le interesan de más los personajes caricaturescos (a los de antes les tocó Falstaff y Sancho Panza y cualquiera de Charles Dickens pero a nosotros nos tocaron exageraciones fabulísticas cuyas desproporciones corporales no tienen límite alguno, tal vez estas caricaturas no sean consideradas arte, pero quién sabe en unos doscientos años). No lo volví a ver por décadas pero siempre lo tuve en mi mente, hasta dije que iba a hacer una película y lo iba a poner como actor de reparto, pudo haber sido un buen William Demarest o un S.Z. Sakall cinco veces menos gordo. Pero no: Don Venus lo que hacía era tomar y tratar de trabajar y contar sus historias sin pedir mucho a cambio, si no es que nada. Lo que recibía a cambio eran amistades pero también había muchos envidiosos, y esos envidiosos lo llevaron a su decadencia. No estoy hablando de envidias poéticas o políticas. A muchos no les gustaba la idea de que Don Venus le cayera bien a todos, sobre todo a mujeres (que ni siquiera se acostaban con el y el no buscaba hacerlo pues amaba a su esposa) y a niños como mi hermano y yo que no entendíamos ni media palabra de lo que decía pero acertábamos su grandeza al tratar de digerir sus idiosincrasias.
A sus enemigos se les ocurrió un plan sutil: emborracharlo diariamente, invitarlo a destruirse, sonsacarlo a engañar a su esposa, malgastarse su poco dinero, prestarle dinero solo para endeudarlo. Don Venus, mente débil con estas cosas, cayó en todas estas tentaciones pues el vicio es el vicio, y tanta fiesta le destruyó el alma. Lo corrieron del trabajo y se lo merecía, tuvo tal vez diez trabajos más pero no me sé los detalles pues estos son solo rumores imposibles de comprobar. Se volvió un irresponsable y su esposa nunca lo dejó por que el divorcio para estas personas era un lujo de los gringos. Pero nunca estuvieron felices y al morir su esposa, de alto colesterol, Don Venus estuvo solo por años, tomando, hasta que llegó al punto en el que la memoria deteriorada no le dejaba comprender nada de esta realidad. Me lo encontré hace dos semanas caminando cerca de la garita vieja, no sé que hacía fuera de su pueblo. Yo venía de Estados Unidos a hacer un negocio con unos chinos. Le grité y no volteó a verme. Me le acerqué de todos modos, ya no estaba ese avispado cuentacuentos activo en su persona, o eso pensé. Tenía el bigote blanco, le faltaban cuatro dientes (ya no tenía su diente de oro) y tal vez la ropa que traía era la misma con la que lo vi hace tres décadas y ahora le quedaba grande.
Le dije que si íbamos por un café o a comer y no me entendió. Le ofrecí un raite y con las manos trató de negarme la invitación. No pude convencerlo. Me di por vencido y di media vuelta y camine hacia el sur. Me gritó: ¿a dónde vas? Le dije, tengo una reunión y ya voy medio tarde. Me dijo ¿con quién? Y le dije que con unos chinos que se dedicaban a hacer estudios de mercados de la frontera y me dijo ¿Chinos, del Hong Kong? Al subir a mi carro lo vi meterse a una cantina y vi a una bola de hombres bien vestidos carcajeándose mientras el decía algo moviendo sus brazos largos en ritmo disparatado, como el joven Venustiano Contreras. Le dieron unas monedas, pensé que yo también le debí de haber dado algo pero el sobresalto del momento no me dejó actuar. Por muchos días pensé que lo había alucinado, hasta le conté a mi hermano y me dijo que de seguro era solo alguien parecido. Hace tres días me dijo mi padre, ya viejo y tranquilamente retirado, que Don Venustiano murió. Lo encontraron ahogado en la presa junto a una señora que trató de salvar que se cayó del puente mientras trataba de tomarse una fotografía, me dijo que Don Venus nunca dejó de vigilar esas aguas a pesar de ser un borracho desempleado. Pasó de ser un guardia a ser el guardián de la presa. Me dijo también que en el funeral unos trabajadores le dijeron que en sus últimos días, Don Venus se la pasó diciendo que se había encontrado al hijo del ingeniero en el centro y que ya era todo un hombre de negocios. Le dijeron que estaba alucinando, que el hijo del ingeniero vivía en Estados Unidos. No hubo espacio en los periódicos para la noticia de su muerte.